Extraño viajar en tren cuando el sol cae. Extraño concentrarme en el mundo que esas hojas me regalan mientras veo de refilón el verde de los arboles jugando con el naranja del cielo. La sensación de un día fuera de casa que llega a su fin y el hogar que está cada estación más cerca.
Extraño viajar sentada en las escaleras de la puerta (niñes, no lo hagan en casa) mientras gotas de lluvia empiezan a caer del cielo. Agarrar los auriculares y poner a Yan Tiersen con la música de Amelie e imaginar al paisaje correr como una película.
Extraño también correr el tren a la mañana y sin aliento ver que me hacen lugar en la puerta del furgón para que entre corriendo mientras me agarran del brazo para cuidarme. Extraño a esos extraños.
Extraño mi tren rojito, mi conexión con el mundo que existe fuera de Carapachay. El que me lleva al trabajo, a la facultad, a lo de mi novio, a lo de mis amigas, a las marchas y al teatro.
Espero siga ahí, esperándome con su maquina ruidosa cuando se pueda salir a la vida. Prometo pagar el boleto.