De todo y nada

Un lugar para atravesar la ola de la vida


  • El tren que no veo

    Extraño viajar en tren cuando el sol cae. Extraño concentrarme en el mundo que esas hojas me regalan mientras veo de refilón el verde de los arboles jugando con el naranja del cielo. La sensación de un día fuera de casa que llega a su fin y el hogar que está cada estación más cerca.

    Extraño viajar sentada en las escaleras de la puerta (niñes, no lo hagan en casa) mientras gotas de lluvia empiezan a caer del cielo. Agarrar los auriculares y poner a Yan Tiersen con la música de Amelie e imaginar al paisaje correr como una película.

    Extraño también correr el tren a la mañana y sin aliento ver que me hacen lugar en la puerta del furgón para que entre corriendo mientras me agarran del brazo para cuidarme. Extraño a esos extraños.

    Extraño mi tren rojito, mi conexión con el mundo que existe fuera de Carapachay. El que me lleva al trabajo, a la facultad, a lo de mi novio, a lo de mis amigas, a las marchas y al teatro.

    Espero siga ahí, esperándome con su maquina ruidosa cuando se pueda salir a la vida. Prometo pagar el boleto.

  • Tiempo
    Tictac
    El correr de las horas ya no tiene mucho sentido. El ayer y el hoy se confunden en mi cabeza como la espinaca y la acelga que nunca logro diferenciar.
    Tictac.
    Las manecillas del reloj siguen girando mientras recuerdo las últimas acciones de supuesta libertad que pude disfrutar:
    Ese instante en el aeropuerto riéndonos de les que usaban barbijo, irreverentes a lo que pasaba en un país tan lejos.
    El abrazo de gol con mi viejo cuando les ganamos con nueve, en nuestra cancha, con nuestra gente.
    Las risas con mi vieja tomando mates y planeando mi mudanza.
    La juntada en casa con mis amigas, que se extendió noche y día, un poco presintiendo lo que se venía.
    Tictac.
    La cotidianidad está suspendida. El tiempo transcurre sin contenido. Una hora vale igual si la paso pintando, cocinando o mirando un punto fijo en la pared. A esa hora le sigue otra hora, igual que la  anterior. No es que eso haya cambiado, entiendo el paso del tiempo,  pero jamás me resultó tan insípido y fugaz.
    Tictac
    No tengo conclusión esperanzadora. Sólo veo caer el sol y me pregunto cuándo lo viviré en un lugar que no sea este patio. Y si alguna vez volveré a esa montaña cubana que me regaló miles de colores.
    
    
  • Cuarentena día mil

    18 días de encierro, de resguardo. De quedarse en casa para cuidar(nos). Las horas se suceden sin mucho sentido ni ordenador, más que el estómago que pide comida. Como si nada hubiese cambiado. Y me pregunto cuánto más faltará. Si todo lo que conocimos cambiará, o es sólo el deseo de que este mundo no siga girando de la misma manera. Que esta crisis nos traiga más igualdad. Menos individualismo. Más pensar en el otre. Por lo pronto me voy a hacer unos panqueques, mientras espero lo que nos depare esta nueva y descolocante crisis.

  • Ausencia de sonido

    Veo caer la lluvia por la ventana mientras disfruto del silencio. Un silencio plagado de sonidos. Las gotas que repiquetean sobre el asfalto, la campana que anuncia el paso del tren, el vecino que le grita su hijo por quién sabe qué. Un auto pasa por la calle y su motor se incorpora al silencio, en el que me quedo pensando. No sé si alguna vez lo viví como lo describe el diccionario: “Ausencia total de sonido”. ¿Existe?¿Es posible? Incluso si se está alejado de la civilización, en el medio del campo o en la punta de una montaña, la naturaleza tiene sus sonidos. El pájaro que grazna, el viento que mueve las hojas, el grillo que canta para buscar a su pareja. 

    El tren vuelve a pasar, y decido que me gusta el silencio ruidoso y que los diccionarios deberìan reveer su definición porque no encuentro cómo podría cumplirse si ya nuestra respiración implica un sonido. Ojalá siempre todo a mi alrededor esté plagado de sonidos, porque es estar rodeada de vida.

  • En la búsqueda de palabras

    Escribir no es fácil. Existir tampoco. Los pensamientos se agolpan en mi cabeza y las palabras buscan formas de crear. Sin embargo cuando me siento frente a la hoja en blanco, mis neuronas deciden hacer hacer un lockout patronal y dejarme inerte.

    Pero me gusta escribir, o me gustaría. Porque es una forma de combatir el olvido y también la tristeza. Es compartir la alegría y ponerle palabras a lo que nos paraliza.

    No busco de este espacio más que un lugar en el que volcar los pensamientos e ideas que me surgen en el cotidiano. Como forma de perderle el miedo a estas hojas, y quizás, algún día animarme a contar mis historias.

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